Una revista hecha por un cobarde
Hay algo en mí que me da miedo. Los autores que escriben en mi revista. Mi revista es mi miedo. No escribo en la revista. Solo un textito de bienvenida y uno de despedida. Lo mejor de mí está en los comienzos y finales. A la mitad me canso, soy un vago, un desposeído de la alegría para acometer tareas que requieren algo más que un impulso y un cierre.
El miedo es que me lean los autores, que desvelen el poco misterio de mi forma de escribir, que no es más que la cadena de frases que se me ocurren. Apenas leo. Solo leo a los autores que van a escribir en la revista. Para tener algo que decirles, para poder presentarles. No sé si me gusta leer. Me ha gustado mucho. Ahora no sé.
Me da igual que crean que soy un mal escritor. Incluso así me da miedo. El miedo es libre y yo soy un liberto acojonado. Me da igual que lo crean porque me subo al pedestal de la gestión: no necesito destacar en las letras, pienso, si lo puedo hacer en la dirección de una revista. Tengo clara la dirección: hacer lo que no haría una revista tradicional. Y de ahí saldrá lo que salga. Tengo claro que soy valiente. Que soy un valiente acojonado. Pero es eso: hazlo, y si tienes miedo, hazlo con miedo.
Esto lo escribo después de leer un avance del texto que Alejandro Seselovsky me manda para el núm3 de la revista. Sese, Ale, el negro. Es un buen tipo, Ale, así elijo llamarle yo. Escribe con el cuerpo, dice. No imagina, mira, dice. Escribe no ficción. Escribe periodismo. Escribe lo que su sistema nervioso le dicta. Hablo con él por audios de WhatsApp interoceánicos. De Chamberí a Saavedra.
Seselovsky, así le llamo cuando hablo con otros, escribió en el núm2, y ojalá escriba en el núm4. Seselovsky escribe casi como Caparrós. Y casi me da el mismo miedo que me lea Sese, Ale, el negro, que que me lea Caparrós. Con Caparrós no me mando audios. Ale es mi Caparrós. Está a su nivel. ¿De qué? De captor de lo que sucede delante. Y además me manda unos audios cariñosos y elocuentes. El cariño y la elocuencia son dos virtudes que destacaría si alguien me preguntase por virtudes que destaco.
Sese, Ale, el negro va a estar en el tercer taller de la Escuela 1000Palabras. Y a mí eso me sigue pareciendo raro. Que gente a la que leo con admiración quiera venir a compartir cómo trabaja, cómo mira, cómo escucha una frase cuando todavía está casi viva pero rota.
El taller tiene algo que me gusta mucho: dos personas terminarán publicando en el siguiente número de la revista y cobrarán por ello. No es un premio. No es un concurso. Es más bien una puerta. Una puerta pequeña, pero real. La idea de la revista y la escuela es esa: que las cosas circulen. Que los que llegan puedan entrar. Que escribir no sea siempre un club privado de gente cansada de sí misma.
A Seselovsky se le suma Dahlia de la Cerda, que es de esas escritoras que te recuerdan que la literatura tiene colmillos. Le compraron derechos para adaptar libros al cine y a series y aun así aparece aquí, en esta revista improbable, a hablar de por qué escribe como escribe. De Dahlia quiero escribir más adelante.
Entonces:
10 de junio — Dahlia de la Cerda
17 de junio — Alejandro Seselovsky
24 de junio — Juanjo Herranz
Yo cierro el taller. O lo intento. Contaré cosas sobre la revista, sobre cómo se levanta algo así sin dinero, sin estructura y a veces sin autoestima. Supongo que también hablaré del miedo. Que para eso monté una revista.



La cobardía esta infra valorado así que ya tienes tema para escribir y ganar tus 120 pavathos!
Y lo bien que pinta este número 3...